Aprender a estar bien donde sea que te toque estar.
Hay una frase que me acompaña estos últimos 3 años, más que frase es un modo: buscar herramientas para estar como quiero estar. En paz, feliz y plena.
No siempre supe como hacerlo y mucho menos tuve un manual.
Vivir lejos, en otro idioma, en otra lógica, con otras rutinas, me obligó a construir mis propias herramientas, una a una. No desde el ideal, sí desde la práctica:
¿Cómo desbloqueo la procrastinación? cuando no tengo ganas de trabajar.
¿Cómo organizo mi casa? para sentirme ordenada y no colapsada.
¿ Cómo vuelvo al cuerpo? cuando la cabeza se me llena de ruido.
Vivir afuera me enseñó algo que ningún libro de autoayuda menciona: la estabilidad emocional viaja con vos.
La estabilidad emocional está en los pequeños rituales que una inventa para sentirse viva, para sentirse a salvo, para sentirse conectada:
– El jazmín que coloqué en la puerta de entrada para que mi primavera huela a Buenos Aires.
– La tostadora de chapa que me traje en un viaje para que mi casa huela un poco, a mi hermana preparando tostadas y café con leche.
– Los sanguchitos de miga que invento con pan lactal, y si, los hago de huevo duro también.
Y DE TODO ESTO VA a mi sección APRENDIZAJES en el blog, de lo que me sirve y lo que no y sobre todo, de lo que sigo aprendiendo cada día para mantenerme en paz sin desconectarme de mi.
Sé que el post es largo, pero como a mi me gusta leer, quiero creer que a ustedes también.
El cuerpo como brújula.
Hay días en que la cabeza quiere avanzar pero el cuerpo dice “no será hoy, mi ciela”.
Antes lo ignoraba, aplicaba la nefasta frase “una lloradita y a seguir”. Ahora, cuando siento el nudo en la garganta o un cansancio sin explicación: PARO.
El cuerpo no miente y avisa antes de que la mente se derrumbe.
Aprendí a escucharme como quien sintoniza el dial de una radio antigua y ante la mínima interferencia: PARO. Y no, no siempre lo analizo. Reconocerlo ya es un montón y, aunque la pausa que pueda permitirme sea mínima, ya habla de auto-cuidado.
Rituales que me devuelven al centro.
Y no hablo de rutinas perfectas ni agendas de alto rendimiento, hablo de cosas pequeñas que me anclan.
Durante un tiempo armé un kit infalible, una especie de caja de herramientas para cuando el día se tuerce —y en mi caso, que soy expatriada y emocional, eso pasa más seguido de lo que quisiera—. Lo importante era tenerlas claras y a mano.
Herramienta 1 si la cosa se desborda un poco.
Practiqué mucho la respiración 4-7-8 para calmar el cuerpo. Hubo días en que practicaba esto 12 veces al día solo para no permitir que la ansiedad ganara. Inspirar por la nariz contando 4 segundos, sostener 7 y exhalar por la boca lentamente en 8 tiempos. Si no la conocés te recomiendo buscar el video de Gabriela Litschi en YouTube llamado respiración para reducir la ansiedad.
Supongo que de eso se trata al final: de tener a mano nuestras pequeñas brújulas. No para no perdernos —porque eso sería aburrido—, sino para saber volver. A casa, al cuerpo, a nosotras mismas.
