



Una memoria que no sabía que tenía.
Nunca pensé que una papa rellena en Rio me iba a llevar de golpe al patio del pasillo donde viví a los 20. Un barrio de Buenos Aires tan tomado por la comunidad peruana que yo era la única argentina en conventillo. Ahí aprendí que las papas a la huancaína eran una de mis comidas favoritas, y a entender que la comida no era tan solo alimento: era un encuentro.
Panka queda en Santa Teresa, me lo enseñó Pame, una persona preciosa con la cual coincidimos en esta vida. Un día de verano me dio a elegir: comida peruana ó hallar un nuevo descubrimiento. Obvio, la respuesta estaba cantada.
Calle adoquinada, la “muvuca” -gentío- clásico de un restaurante peruano dentro de Santa Teresa y esa sensación de estar dentro de un programa de viajes foodie: ¡qué felicidad!
Probé la papa rellena —dorada, crocante, deliciosa en mi primera visita. Luego ya con hijo experimentamos arroz chaufa con carne, -es algo obligado para experimentar- es que hay sabores que no se olvidan: el primer bocado de sabores peruanos, el arroz chaufa compartido con mi hijo… y esa sensación de haber viajado a otro país sin salir del plato.
La causa limeña fue otra cosa: fría, cítrica, montada como escultura, con un atún que parecía flotar.
Fresca y nostálgica a la vez, como cuando alguien que no conocés te recuerda a alguien que sí.
Después, el chaufa de carne: ahumado, tierno, con ese arroz que no se deja dominar.
Y el broche: el suspiro limeño, denso, dulce y elegante, como una sobremesa que dura todo el día.
Mientras comía, pensaba en Antuane y en Alejandra, mis vecinas de entonces.
Ellas me enseñaron que no hace falta saber cocinar para dar de comer bien.
Solo hay que tener intención.
Si venís a Rio y querés vivir una experiencia sensorial que te hable en voz baja pero deje huella, subí hasta @panka.rio.
Y si alguna vez un plato te hizo viajar en el tiempo sin moverte de la mesa, contámelo.
Estoy armando un mapa emocional de sabores. Este es uno de sus puntos cardinales.




